CACERES, El Hechizo De Una Ciudad Medieval.

Cáceres, una fascinante ciudad medieval española, muestra y alberga en su casco histórico-artístico y monumental una joya, un hechizo. Cáceres tiene hechizo. Un hechizo de larga andadura, entre su conservación y exquisita rehabilitación, a lo largo de muchos años, que la han llevado a convertirse en una fascinante Ciudad Medieval entre palacios, torres, conventos, retorcidas callejuelas, ermitas, casonas nobiliarias, donde prima el turismo, ampliándose por ese sentido racional de una reconstrucción paulatina, desde los años cincuenta de la pasada centuria.

CACERES, El Hechizo De Una Ciudad Medieval.

Tal es así que la ciudad fue ganando cotas de belleza y silencio en todo el casco que, por aquellos años reflejados, se conocía como Ciudad Antigua y Vieja. Pero que desde 1986 luce el galardón de ser Patrimonio de la Humanidad. Un mérito, en letras de molde y oro en su corpus, entre una algarabía de monumentos, donde la luz es arte y reflexión y silencio recogido, entre silbidos de vencejos, cernícalos, aviones, golondrinas, que galopan y sortean los campanarios y las torres, los esquinazos, volando entre una ciudad mágica y unos cielos solemnes.

Ciudad Medieval en la que impera la admiración y el privilegio de su continente y contenido, donde se ruedan con frecuencias escenas, secuencias, series televisivas, películas como “El tulipán negro”, “La lozana andaluza”, “Isabel II”, “La catedral del mar”, “La Celestina”, “Juego de Tronos”, con actores, actrices, cámaras, que llenan las calles desde la recreación de su identidad con la sensibilidad serena y profunda, intensa, de una nueva ciudad en su estructura medieval que abrió hace tiempo un espíritu turístico entre los ámbitos empresariales de la capital cacereña. Viajes, hoteles, bares, restaurantes, establecimientos de productos típicos, y otros varios, hasta situarse en los lugares más relevantes del panorama socioeconómico cacereño.

Una Ciudad Medieval muy cuidada y que, situada en el corazón de la capital cacereña, se encierra entre sus murallas conformando otra ciudad en la que una serie de acontecimientos dan vida, de forma sublime, a la misma. De tal modo que los cacereños y las instituciones recrean un calendario que hace mantener vivo, y con sentido de siglos lejanos, esa identidad innata y medieval que prestigia, cada día más, a Cáceres. Que por allí se concentran ferias, como la del Dulce Conventual, ciclos, como el de Teatro Clásico, festivales como el étnico y musical Womad, mercados, como el Medieval de las Tres Culturas, desfiles procesionales, de impresionante llamada a todos, el Cristo Negro, la procesión de la Madrugada… Además del sentimiento de cuantos transitan entre sus adentros buscando la soledad, la reflexión o el encuentro con uno mismo entre piedras, excelsas de hermosura.

Por sus aires y cielos se cuela una luz, la solar, cuajada de haces de magnificencia permanente y esa otra luz eléctrica que hace que la noche se avive, sobremanera, con unas gamas y unas tonalidades que le infieren un sabor propio, al que mejor define la palabra belleza.

El casco histórico se configura como un poema cuajado y repleto de monumentos, arte, luces, colores, sentimientos, emociones, de honduras y pasos que han impulsado un ritmo de dinamismo y calor al alma del sentir ciudadano. ¡Vive Dios que es así…! Y que lo es en virtud de la cooperación de los cacereños.

En ese ámbito de la luz de Cáceres, se hace arte. Sublime, de excelencias, de creatividades, de rayos que se encienden y cuelan por entre el fulgor de las piedras… A una y otra hora, en uno u otro rincón, durante una y otra estación del año, o por cualquiera de los escenarios, imágenes y sensibilidades que genera admiración entre los pasos del visitante en un sin parar de emociones que se concibe en los adentros de la ciudad.

El hechizo y la luz de Cáceres: Cáceres es luz. Y arte. Y hechizo. Todos más bellos que la belleza, expandiéndose hacia todos los confines. El viajero, entonces, se llena de esa luz en su andadura y emociones por la Ciudad Medieval que se alza a la eternidad de forma permanente... Una ciudad española fascinante. El viajero se ahonda de sabor y pasión caminando entre el pálpito de las luces de la historia que se expanden por la calma del amanecer, por el sosiego cuando los pasos transcienden en el atardecer, en los recorridos, de puntillas, por sus noches de admiraciones contemplativas, cuando el alma se serena y se radiografía, sublime, la intensidad y diversidad de la luz de Cáceres.

Cáceres destila aromas de una ensoñación que pareciera resurgir de sus cenizas en aras a lo más hermoso. Un recorrido al Medievo entre aventuras, mercados, adarves, juglares, peleas, suspiros y misterios, ahora que imaginamos una de esas rutas teatralizadas con recreación medieval, mientras un haz de tonalidades amarillentas, azules, naranjas, malvas, rojizas, grises, obscuras, blanquecinas, se dan cita con ese sentir de quien encuentra la vida como fuente de luz de Cáceres, de quien camina con la luz de Cáceres, de quien marcha hacia la genuina luz de Cáceres. Una luz tan profunda como mágica...

Más allá una impresionante serie de estampas, que transitan en un recorrido de sublime sabor: La Muralla árabe, el Adarve de la Estrella, la Plaza de Santa María, la Casa Mudéjar, la Cuesta de la Compañía, el Aljibe, el Palacio de las Veletas, sobre la Alcazaba almohade, la Puerta del Postigo, torres defensivas cristianas y árabes, la de los Púlpitos, la de la Yerba, la Mochada, La Enfermería de San Antonio, el Baluarte de los Pozos, el Arco del Cristo, con el sabor de la romana muralla, el Foro de los Balbos, donde se alzaba una de las puertas cuando la vieja Norba Caesarina, el Hospital de los Caballeros, el Balcón de los Fueros, la Casa del Judío Rico, la iglesia de San Mateo, sobre una mezquita, campanadas, el conventual de San Pablo con monjas en clausura y voto de castidad, pobreza y obediencia, entre oraciones, trabajo, silencio y canticos gregorianos, un desfile de casas hidalgas cacereñas, la Judería, entre callejones sefardíes, y su barrio, San Antonio de la Quebrada, con ermita sobre una sinagoga, donde una deslumbrante luz reverbera en sus casitas encaladas, calles con nombres como Amargura, de la Gloria, del Mono, Callejón del Gallo, la Calleja del Moral, Rincón de la Monja, amplias plazas, angostas callejuelas…

Y, también, entre fachadas platerescas, góticas, renacentistas, portadas adinteladas, otras adoveladas, con sillares almohadillados, retablos barrocos, espadañas, matacanes, arpilleras, escudos esculpidos en cantería, unos; en alabastro, otros, blasones heráldicos de familias nobiliarias, con torres, águilas, flores de lis, estrellas, osos, soles, becerras, perales, garzas, yelmos, escudos episcopales, muros de mampostería, almenas picudas, barbacanas, balcones esquinados, ramas de olivo, llamativas gárgolas, ventanas ojivales, gemelas otras, también enrejadas con hierro forjado, ajimeces cacereños, faroles, con preciosa luz que amarillea la noche, nobles medallones, alfices, saeteras, coronas voladas, conchas de peregrinos, leyendas pétreas por los siglos: “Esta es la casa de los Golfines”, “Sé tú Señor para nosotros torre de fortaleza y se renovará como la del águila, nuestra juventud”, “Vanitas vanitatum et omnia vanitas” (1), “Aeterna memoriam iustorum” (2), “Ave María”, “Non habemus hic civitatem manentum sed futuram inquiribus” (3), hornacinas como la de la Puerta del Río, con un Cristo crucificado o la de San Francisco Javier, bóvedas de rosca, patios herrerianos, mudéjares, renacentistas, toscanos, con claustros porticados, policromados artesonados, una salpicadura de jardines, salas de linajes, tapices, cuadros de siglos, capillas, sepulcros artísticos, distinguidos, que velan una infinidad de testimonios y retazos de la historia cacereña…

Piérdete, caminante, mejor envuelto por la luz de la noche, y comprenderás el sortilegio histórico-artístico de Cáceres y su recreación. Poco a poco te vas contagiando por la magia, sorprendente, de la luz de Cáceres. Ayer, en los cauces de la historia y su legado entre raíces judaicas, de la morisma y de la cristiandad; hoy, serpenteando por sus suelos y rutas; mañana, como un cielo infinito de luces… Siempre, el rito y el ritmo de su luz perpetua...!

Avanza por la hondura de Cáceres, de la fuente de luz a las piedras monumentales, realzado como jamás pudiera imaginarse. Con la riqueza que impresiona siempre la luz cacereña. Déjate ir, pues, hacia donde te lleve la vista, hacia donde te guíen los ojos, hacia donde te dirija el corazón, por donde te pilote el alma. Te lo aconsejo. Pasearás, entonces, con esa serenidad emocional y sugerente que inducen las entrañas de la ciudad. 

Penetra por la geografía del callejero, aprovecha esa inmensidad de luz, escucha el concierto del silencio y el encanto de la noche cacereña y sitúate en aquel Cáceres en el punto de encuentro con la Edad Media y el Renacimiento. Medítalo. Todo un privilegio, ahora que tus pasos avanzan con las múltiples combinaciones de los colores que se funden con las infinitas pinceladas que emanan de la luz de Cáceres.

Uno se enamora de la luz de Cáceres como una estampa sagrada de vida en los adentros del viajero por ese conjunto abierto de calles, plazas palacio, iglesias, presididas la magia y el arte de la luz. Ahí radica el secreto del enigma, amigo viajero: La combinación de la hermosura de la luz de siempre, plasmada sobre los lienzos y bordada sobre los tapices de Cáceres. Cáceres es luz, siempre luz. O, mejor, Luz, con mayúscula. Genuina, plenamente cacereña...

Siempre la luz inolvidable en el viajero y caminante intramuros de la Ciudad Medieval de Cáceres.

1: “Vanidad de vanidades y siempre vanidad”.

2: “La memoria de los justos es eterna”.

3: “No tenemos aquí ciudad permanente sino que buscamos la futura”.

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Por Juan de la Cruz

Fotografías: Portal Oficial de Turismo de Cáceres, David Díaz Pérez