Turismo slow o el arte de viajar sin prisa

La Ex Ministra de Comercio, Industria y Turismo ahora Directora de la Cámara de Comercio Colombo Americana, María Claudia Lacouture, habla del municipio de Pijao en el Quindio que recibe el sello internacional de “Cittas slow”

Turismo slow o el arte de viajar sin prisa
María Claudia Lacouture

El municipio de Pijao, en el departamento del Quindío, es el pueblo más tranquilo de Colombia y el único de América Latina que ha recibido el sello internacional “Cittas slow”, o "Ciudades lentas", caracterizadas por un modo de vida sin prisas, donde se valora la tradición, la amabilidad, la sencillez y la originalidad.

El movimiento "Cittaslow", que comenzó en Italia hace veinte años y cuenta con 252 ciudades lentas en 30 países, surge en contraposición al turismo estresado, reivindica la tranquilidad y buena disposición para conocer un destino, explorar sus encantos, comer sin afanes y relajarse al máximo.

El turismo slow propone tomarse la vida con calma y está fuertemente relacionado con la inmersión social, el aprecio al patrimonio local, a la preservación de los paisajes naturales, el cuidado ambiental, la gastronomía artesanal y con el hecho de desproveerse de agendas congestionadas para disfrutar de una vivencia sin expectativas, con buena actitud. Lo importante no son la cantidad de cosas por ver o visitar, sino la calidad de los momentos.

Sin ruidos, sin aglomeraciones, el turismo lento procura, principalmente, evitar que los visitantes sean agentes contaminantes y, ciertamente, sería muy bueno para la industria tener menos turistas estresados y con mejor disposición de sustraer sin lamentos ni aspavientos la esencia de lo bueno, lo entretenido, lo divertido y lo placentero de un lugar.

Esta calidad de los momentos ha llevado a que este movimiento sea fuente de felicidad, que es el sentimiento de satisfacción, placentero que genera recuerdos positivos que motivan volver. Esto se logra si se cumplen con los requerimientos de sostenibilidad, seguridad, calidad, infraestructura, bilingüismo, promoción, institucionalidad, profesionalismo, políticas adecuadas e innovación que forman parte del decálogo del turismo que hemos venido planteando desde hace un tiempo para tener un turismo para siempre y motor de desarrollo.

El turismo slow ha logrado cumplir con dichos elementos y los agentes del turismo saben que para garantizar que esta fuente salpique y no se seque deben ser identificados plenamente tanto los elementos que conspiran contra ella como los que permiten su generosa multiplicación.

Esta identificación de los unos y de los otros requiere de poner atención a las consideraciones antropológicas, psicológicas, sociológicas y filosóficas, porque se trata de una actividad multisectorial donde el estudio de los factores que propician la rentabilidad financiera es solo uno de sus pilares.

En la larga cadena del turismo existen eslabones firmes y resistentes y otros débiles y quebradizos. La felicidad transita por todos ellos, a veces mostrándose y otras ocultándose del todo, porque no siempre hace el recorrido en solitario… El turista ansía, consciente o inconscientemente, ser abordado por ella incluso cuando todo parece anunciar que es imposible que aparezca.

El diseño y desarrollo de estrategias que buscan facilitar el tránsito de la felicidad por los caminos del turismo consideran que en todos los recorridos se van atesorando satisfacciones que el turista acumula como recuerdos felices, de los que echará mano cuando vuelva a programar vacaciones futuras.

La seguridad esperada por un turista en el destino, por ejemplo, pasa por medidas tangibles y a la vez también por aquellas intangibles que logran atajar sus percepciones de riesgo, porque cuanto menor sea éste en la realidad y en el imaginario se cosecharán más probabilidades de felicidad.

Pero la infelicidad acecha y sale, literalmente, cara. A la hora de los recuentos, y considerando la máxima que se sintetiza en que “para brindar felicidad primero hay que tenerla”, los protagonistas de la gestión turística serán los responsables –lo quieran o no- de que las diferentes dosis de felicidad se acumulen o dejen de acumularse en el turista.

Desde el punto de vista de las necesidades humanas, al turismo se le atribuye el carácter de “droga de la felicidad” –lícita, por cierto- orientada a combatir algunos de los síntomas de la cotidianidad, entre ellos el estrés.

Si nuestra vida está dominada por la búsqueda de la felicidad, talvez pocas actividades sean tan reveladoras de esta dinámica como lo son los viajes por turismo.

Este turismo consciente y sustentable quizás sea el camino para transformar la droga de la felicidad en un remedio efectivo para los males que conspiran contra la felicidad. Será así una forma planificada de fugarse de los efectos efímeros y beneficiarse de los efectos duraderos.

Los gustos de los turistas, del mismo modo que cualquier otra moda, cambian dinámicamente y en este caso los destinos deben adaptarse continuamente para ajustarse a las nuevas demandas, ahora con la particularidad de que se trata de ciudadanos preocupados por el medio ambiente y las culturas anfitrionas, y no de simples hedonistas.

El despertar de la conciencia ecológica, aquella derivada de la certeza de que hay que detener y revertir la destrucción del planeta, ha dado paso a una conciencia cultural que reclama respeto por la diversidad. Y una y otra exigen un desarrollo sostenible, lo que a su vez está originando exigencias de cambios en el turismo para convertirlo en veedor de ese desarrollo y al mismo tiempo generador de bienestar y beneficios para los pueblos.